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Los poetas, de la crítica literaria, la ciencia y otros objetos

 



Así como Satanás luchó para afirmar su individualidad desafiando la perfección de Dios en el “Paraíso Perdido” de Milton, los poetas modernos se involucran, igualmente, de acuerdo al crítico y teórico literario Harold Bloom, en una lucha edípica para definirse a sí mismo tratando de superar, fútilmente, la perfección de sus antecesores literatos, tales como Dante, Shakespeare y otros grandes maestros. De ahí que, en su influyente ensayo The Anxiety of Influence, Bloom catalogara a los poetas modernos como rezagadas figuras trágicas.

En ese sentido, ¿podríamos, de igual manera, caracterizar a los científicos modernoscomo sujetos también rezagados en su lucha sicológica para superar la ansiedad que les plantea la influencia de sus antepasados doctos? Bloom expone, en sus concepciones teóricas, que los poetas auténticos  (“strong poets”) admiten, mediante varios subterfugios, la perfección de sus predecesores, trascendiendo la obra de éstos para liberarse de la influencia entorpecedora del pasado. ¿Podríamos proponer, asimismo, la existencia también de científicos auténticos que, trascendiendo, por ejemplo, la teoría de la Gran Explosión, entre otras, persigan los conocimientos científicos mediante un modo especulativo, al margen de lo empíricamente verificable?

Por otra parte, ¿existe la posibilidad de representar, innegablemente, alguna vez, cualquier cosa? Obviamente, las disciplinas científicas producen conocimientos duraderos, aunque limitados, sobre la naturaleza de los objetos, en virtud de sus descripciones rigurosamente probadas de la naturaleza. Mientras que la crítica literaria, en la generalidad de los casos, responde a un modelo retórico, auto-reflexivo, de representación.

Ahora bien, ¿en qué punto podrían coalescer las ideas especulativas de la ciencia y la crítica literaria? De hecho, ¿por qué vivimos ahora, a pesar de todo el tiempo que existe, mucho antes de haber nacido, como será en el porvenir un montón después de muerto? Que uno tenga, ¡caramba!, que cerrar los ojos. Así manifiestan su ansiedad existencial Tomasina Rosario y su nieto Pablo Alberto en mi novela Voces de Tomasina Rosario. ¡Ah!, y el gran Rubén Darío, cuando, en su poema “Lo fatal”, angustiado proclama: y no saber adónde vamos, ¡ni de dónde venimos!... Además, ¿cómo exactamente la vida comenzó sobre la tierra? ¿Por qué hay algo en vez de nada? Preguntas estas que quizás nunca podrán, definitivamente, ser contestadas, dado los límites cognitivos nuestros que, a su vez, han sido expuestos por el componente teórico de la  incompletitud, la cual, según el matemático Kurt Gödel, refuta la posibilidad de construir una descripción matemáticamente consistente de la realidad.

Importante: si la ciencia, incapaz de explicar, en última instancia, las ocurrencias del pensamiento humano y la cultura, no puede lograr la verdad absoluta, ¿qué posición se le debe conferir al criterio subjetivo de la crítica literaria, cuyas teorías no son empíricamente verificables con relación a sus axiomas estéticos de “belleza” o “elegancia”, entre otros, derivados del corpus lingüístico mismo?

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